Aunque la
Axiología o Filosofía de los valores habla de
valores objetivos y subjetivos, de valores
dinámicos y cambiantes, en la ética fundamentada en valores las personas acostumbramos a
pensar en los valores como elementos fijos, inmutables. Solo pensamos en ellos como positivos o
negativos, como virtudes o defectos.
Sin
embargo la realidad a la que nos
enfrentamos todos los días es mucho más compleja.
Los
valores en nuestra ética intentan dar coherencia a
nuestras acciones sean o no consecuentes con la moral externa (religión, sociedad, estado, familia, etc.) que el ambiente en el
que nos desenvolvemos nos trata de
imponer; la cual valga decir es aún más estricta en separar de
manera tajante defectos de virtudes, las cuales rara vez dejan de ser absolutas
e inmutables.
Si nos
detenemos a pensar con más detalle este asunto, encontraremos que los valores de nuestra
ética no son absolutos y harán bien o mal a nosotros mismos y a otros dependiendo de
muchas circunstancias, haciéndolos mucho más relativos de lo que en principio nosotros mismos creemos
sobre ello.
Un Oxímoron me puso a pensar y concluí que la audacia más allá de cierto punto es una peligrosa temeridad y la
persistencia convertirse en obstinación, casi cualquier virtud tiene
su contraparte en cual transformarse como un
penoso defecto, cuando atravesamos esa frontera gris e imaginaria que
separa a la una de la otra en cada situación particular de la vida.
La real
dificultad está en disponer de la capacidad de
reconocer ese momento a tiempo y actuar conforme con ello. Ya lo dijo con
sabiduría Sun Tzu en el arte de la guerra:
"Eventualmente tu mayor fortaleza se
convertirá en tu mayor
debilidad y tu mayor debilidad en tu mayor fortaleza"
Cuando
las cosas están mal, no nos podemos dar por
vencidos, hay que luchar, hay que confiar en el camino de solución escogido y perseverar, pero cuando atravesamos cierto límite, en el cual la soberbia de nuestro convencimiento es
quien responde por nosotros, cuando pesé a los resultados nos
ensayamos otras alternativas, no analizamos otras opciones y nos encerramos en
nosotros mismos, pasamos a ser obstinados, a jugar con los resultados de nuestras
acciones, a poner en riesgo lo que hemos construido y posiblemente a arrastrar
con nosotros al despeñadero a otras personas que tal vez no lo merecen.
Allí un valor, la constancia,
pierde todo su valor y se transforma en terquedad.
Lo mismo
puede suceder con la lealtad que puede transformarse en complicidad o la
paciencia en cobardía.
Cuando se
atraviesa cierto punto no sólo un valor pierde su valor,
sino también que se degenera y allí
mismo arranca a convertirse en algo
negativo que nos puede destruir, nos puede consumir como personas, como
organizaciones, como sociedad.
Surge de
nuevo la inquietud: ¿cómo saber cuándo es el momento
apropiado de cambiar?
Todos
sabemos que no hay una fórmula mágica para ello y aún las personas más sabias se han equivocado en ello a lo largo de la historia en muchas
cosas en sus vidas. ¿Qué podemos hacer?.
Sólo hay una posibilidad: estar siempre abiertos a escuchar a
las personas a nuestro alrededor y actuar cuando la mayoría de ellas vea que lo que consideramos internamente correcto
ya no aplica con la realidad que las demás personas ven externamente.
Tenemos que
premiar la diversidad; escuchar y sopesar las opiniones de todos, de las más variadas personas, de los más
diversos lugares, de las que ocupan las posiciones más humildes.
Es
importante recordar que las personas que más escuchamos, las
que están más cerca de nosotros, pueden estar de forma bien intencionada
cegadas por los mismos factores o no tienen el valor moral de contradecirnos,
ya sea por temor o compasión con nosotros mismos o
simplemente porque no les conviene ese cambio.
¿Cuántos gobernantes son ciegos a los hechos que son muy
evidentes para sus pueblos y eso los conduce al infortunio?.
¿Cuántos líderes atraviesan esta frontera
y conducen de forma inadecuada su organización
cuando cualquiera de sus integrantes podría decirle fácilmente que está mal?.
¿Cuántos padres hacemos sufrir a nuestros hijos y a nuestras
familias cuando seguimos adelante con nuestros preceptos sin importar el
evidente resultado de ellos?
Una pista
adicional nos la brinda el salir de nuestro interior, de la ética de lo que creemos que esta bien y compáralo con lo que piensan los demás, aceptando que aunque ello sea malo para nosotros mismos,
nos duela en el corazón, nos destruya a nosotros mismos, tenemos que cambiar
nuestras acciones y tal vez orientarlas hacia un mejor resultado para todo el grupo de
personas que dependen, a veces totalmente, de nuestras acciones.
Elkin, excelente reflexión. A mi me gusta mucho esta del Dr. Carlos Pellegrini: "No toméis nunca el aplauso por objetivo ni por guía: él vendrá a su hora si lo merecéis en verdad. Hay otro guía más seguro dentro de vosotros mismos: vuestra conciencia sana; seguidla siempre y, si es necesario, sufrid por ella. [...] En los momentos supremos o difíciles, concentraos dentro de vosotros mismos, procuraos una idea exacta de vuestro deber, y cumplidlo sin vacilar ante ninguna otra consideración. Procediendo así, vencedores o vencidos, seréis siempre respetados..." Un abrazo, Juan Pablo
ResponderEliminarMuy interesante y profundo.
ResponderEliminarGracias