lunes, 3 de diciembre de 2012

El Momento en que un Valor Pierde Todo su Valor


Aunque la Axiología o Filosofía de los valores habla de valores objetivos y subjetivos, de valores  dinámicos y cambiantes, en la ética fundamentada en valores las personas acostumbramos a pensar en los valores como elementos fijos, inmutables.  Solo pensamos en ellos como positivos o negativos, como virtudes o defectos.
Sin embargo la realidad  a la que nos enfrentamos todos los días es mucho más compleja.
Los valores en nuestra ética intentan dar coherencia a nuestras acciones sean o no consecuentes con la moral externa (religión, sociedad, estado, familia, etc.) que el ambiente en el que nos desenvolvemos  nos trata de imponer; la cual  valga decir es aún más estricta en separar de manera tajante defectos de virtudes, las cuales rara vez dejan de ser absolutas e inmutables. 
Si nos detenemos a pensar con más detalle este asunto, encontraremos  que los valores de nuestra ética no son absolutos y harán bien o mal a nosotros mismos y a otros dependiendo de muchas circunstancias, haciéndolos mucho más relativos de lo que en principio nosotros mismos creemos sobre ello.
Un Oxímoron me puso a pensar y concluí que la audacia más allá de cierto punto es una peligrosa temeridad y la persistencia convertirse en obstinación, casi cualquier virtud tiene su contraparte en cual transformarse como un  penoso defecto, cuando atravesamos esa frontera gris e imaginaria que separa a la una de la otra en cada situación particular de la vida.
La real dificultad está en disponer de la capacidad de reconocer ese momento a tiempo y actuar conforme con ello. Ya lo dijo con sabiduría Sun Tzu  en el arte de la guerra:

"Eventualmente tu mayor fortaleza se convertirá en tu mayor debilidad y tu mayor debilidad en tu mayor fortaleza"

Cuando las cosas están mal, no nos podemos dar por vencidos, hay que luchar, hay que confiar en el camino de solución escogido y perseverar, pero cuando atravesamos cierto límite, en el cual la soberbia de nuestro convencimiento es quien responde por nosotros, cuando pesé a los resultados nos ensayamos otras alternativas, no analizamos otras opciones y nos encerramos en nosotros mismos, pasamos a ser obstinados, a jugar con los resultados de nuestras acciones, a poner en riesgo lo que hemos construido y posiblemente a arrastrar con nosotros al despeñadero a otras personas que tal vez no lo  merecen.
Allí un valor, la constancia, pierde todo su valor y se transforma en terquedad.
Lo mismo puede suceder con la lealtad que puede transformarse en complicidad o la paciencia en cobardía.
Cuando se atraviesa cierto punto no sólo un valor pierde su valor, sino también que se  degenera y allí mismo arranca a convertirse  en algo negativo que nos puede destruir, nos puede consumir como personas, como organizaciones, como sociedad.
Surge de nuevo la inquietud: ¿cómo saber cuándo es el momento apropiado  de cambiar?
Todos sabemos que no hay una fórmula mágica para ello y aún las personas más sabias se han equivocado en ello a lo largo de la historia en muchas cosas en sus vidas. ¿Qué podemos hacer?.
Sólo hay una posibilidad: estar siempre abiertos a escuchar a las personas a nuestro alrededor y actuar cuando la mayoría de ellas vea que lo que consideramos internamente correcto ya no aplica con la realidad que las demás personas ven externamente.
Tenemos que premiar la diversidad; escuchar y sopesar las opiniones de todos, de las más variadas personas, de los más diversos lugares, de las que ocupan las posiciones más humildes.
Es importante recordar que las personas que más escuchamos, las que están más cerca de nosotros, pueden estar de forma bien intencionada cegadas por los mismos factores o no tienen el valor moral de contradecirnos, ya sea por temor o compasión con nosotros mismos o simplemente porque no les conviene ese cambio.
¿Cuántos gobernantes son ciegos a los hechos que son muy evidentes para sus pueblos y eso los conduce al infortunio?.
 ¿Cuántos líderes atraviesan esta frontera y conducen de forma inadecuada su organización cuando cualquiera de sus integrantes podría decirle fácilmente que está mal?.
 ¿Cuántos padres hacemos sufrir a nuestros hijos y a nuestras familias cuando seguimos adelante con nuestros preceptos sin importar el evidente resultado de ellos?

Una pista adicional nos la brinda el salir de nuestro interior, de la ética de lo que creemos que esta bien y compáralo con lo que piensan los demás, aceptando que aunque ello sea malo para nosotros mismos, nos duela  en el corazón, nos destruya a nosotros mismos, tenemos que cambiar nuestras acciones y tal vez orientarlas hacia un mejor resultado para todo el grupo de personas que dependen, a veces totalmente, de nuestras acciones.

2 comentarios:

  1. Elkin, excelente reflexión. A mi me gusta mucho esta del Dr. Carlos Pellegrini: "No toméis nunca el aplauso por objetivo ni por guía: él vendrá a su hora si lo merecéis en verdad. Hay otro guía más seguro dentro de vosotros mismos: vuestra conciencia sana; seguidla siempre y, si es necesario, sufrid por ella. [...] En los momentos supremos o difíciles, concentraos dentro de vosotros mismos, procuraos una idea exacta de vuestro deber, y cumplidlo sin vacilar ante ninguna otra consideración. Procediendo así, vencedores o vencidos, seréis siempre respetados..." Un abrazo, Juan Pablo

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  2. Muy interesante y profundo.
    Gracias

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